Punto de quiebre.
"Sólo se llora por aquello que tanto se amó, y se ha perdido."
Y es este el momento, el preciso instante en el que mis latidos se vuelve más pesados, en el que mis pulmones comienzan a tomar más aire y los nervios suben por mi cabeza, es la agonía silenciosa de mis manos que buscan tocarte, de mis pupilas que te buscan entre espesas polvaredas, que arrastran cactus, espinas y hojas muertas del desierto que nos divide. Momento vacío ubicado entre el estallido del corazón y el despertar de una lagrima, un llanto lastimero masacrado por los sentimientos que no logran encontrar su destino, que solo se estrellan unos con otros, y al morir caen como estacas afiladas sobre mi carne.
Son estas notas suaves del piano, que volando desde un cierto punto en la distancia, logran llegar hasta mis oídos, y calman uno a uno los espasmos de mi cuerpo, en cada tintineo una aguja flota cosiendo con hilos frágiles de plata las heridas abiertas, mas mi espíritu aún sigue sin poder respirar, crucificado por los instintos, yace cubierto de costras sobre una cruz en medio de un campo donde nada crece, las arenas arden y la tierra escupe sangre por sus grietas.
El remolino se forma, y se abre una ventana al pasado…
La llanura se extiende a todo lo ancho, frente a mis ojos una línea de asfalto se dibuja cortando el paisaje en dos, las nubes parece que se divierten sobre otras tierras, a lo lejos se las puede ver, blanquecinas, apacibles, formando rostros redondetes y bonachones, abriendo ventanas entre ellas para que el sol pueda entrar y cortar la sombra que ellas mismas hacen.
En el aire se percibe un dulce aroma, por las flores moradas y blancas que crecen al lado de la carretera que al abrirse con la luz del sol, producen un intenso aroma a miel que atrae a miles de abejas que se alimentan de ellas, y perpetúan su existencia. En algunos puntos del campo pareciera que sobre la tierra han caído unos grandes trozos de cielo, donde las aves no necesitan extender sus alas para poder surcar esas extensiones azuladas, penetrarlas y perderse en ellas para volver a salir con el alimento en sus picos.
El calor distorsiona las figuras a la distancia sobre el pavimento, pero se alcanza a ver una silueta que camina en dirección a mi; parece una llama blanca que va en acenso, creciendo paso a paso pero también a cada avance se vuelve menos llama, y mas puede distinguirse el delicado cuerpo de una mujer. Camina con un andar suave pero firme, yo la he seguido con la vista desde hace unos momentos, de pronto, nuestras miradas se encuentran; comienzo a perderme en un mar violeta que se desborda por mis pestañas, siento su esencia rodeando mi cuerpo, guiando cada uno de mis pasos.
Sus manos toman las mías con suavidad y se entrelazan, su aliento como una caricia sutil recorre mi rostro, acercándose hasta que nuestros labios se encuentran… los suyos… sublimes, húmedos, frescos y dulces como una fruta jugosa que se desliza deliciosamente en el paladar.
[ Juntos vuelven su mirada hacia el campo y desaparecen en lontananza tomados de la mano, uno junto al otro mientras el sol alcanza el punto máximo sobre la llanura]
Y es este el momento, el preciso instante en el que mis latidos se vuelve más pesados, en el que mis pulmones comienzan a tomar más aire y los nervios suben por mi cabeza, es la agonía silenciosa de mis manos que buscan tocarte, de mis pupilas que te buscan entre espesas polvaredas, que arrastran cactus, espinas y hojas muertas del desierto que nos divide. Momento vacío ubicado entre el estallido del corazón y el despertar de una lagrima, un llanto lastimero masacrado por los sentimientos que no logran encontrar su destino, que solo se estrellan unos con otros, y al morir caen como estacas afiladas sobre mi carne.
Son estas notas suaves del piano, que volando desde un cierto punto en la distancia, logran llegar hasta mis oídos, y calman uno a uno los espasmos de mi cuerpo, en cada tintineo una aguja flota cosiendo con hilos frágiles de plata las heridas abiertas, mas mi espíritu aún sigue sin poder respirar, crucificado por los instintos, yace cubierto de costras sobre una cruz en medio de un campo donde nada crece, las arenas arden y la tierra escupe sangre por sus grietas.
El remolino se forma, y se abre una ventana al pasado…
La llanura se extiende a todo lo ancho, frente a mis ojos una línea de asfalto se dibuja cortando el paisaje en dos, las nubes parece que se divierten sobre otras tierras, a lo lejos se las puede ver, blanquecinas, apacibles, formando rostros redondetes y bonachones, abriendo ventanas entre ellas para que el sol pueda entrar y cortar la sombra que ellas mismas hacen.
En el aire se percibe un dulce aroma, por las flores moradas y blancas que crecen al lado de la carretera que al abrirse con la luz del sol, producen un intenso aroma a miel que atrae a miles de abejas que se alimentan de ellas, y perpetúan su existencia. En algunos puntos del campo pareciera que sobre la tierra han caído unos grandes trozos de cielo, donde las aves no necesitan extender sus alas para poder surcar esas extensiones azuladas, penetrarlas y perderse en ellas para volver a salir con el alimento en sus picos.
El calor distorsiona las figuras a la distancia sobre el pavimento, pero se alcanza a ver una silueta que camina en dirección a mi; parece una llama blanca que va en acenso, creciendo paso a paso pero también a cada avance se vuelve menos llama, y mas puede distinguirse el delicado cuerpo de una mujer. Camina con un andar suave pero firme, yo la he seguido con la vista desde hace unos momentos, de pronto, nuestras miradas se encuentran; comienzo a perderme en un mar violeta que se desborda por mis pestañas, siento su esencia rodeando mi cuerpo, guiando cada uno de mis pasos.
Sus manos toman las mías con suavidad y se entrelazan, su aliento como una caricia sutil recorre mi rostro, acercándose hasta que nuestros labios se encuentran… los suyos… sublimes, húmedos, frescos y dulces como una fruta jugosa que se desliza deliciosamente en el paladar.
[ Juntos vuelven su mirada hacia el campo y desaparecen en lontananza tomados de la mano, uno junto al otro mientras el sol alcanza el punto máximo sobre la llanura]






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